Attention Spanish Speakers -Nacido En Lo Alto pt 2

 

Capítulo Cuatro

Nacer de Agua y del Espíritu

Jesús respondió: En verdad, en verdad te digo que el que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te asombres de que te haya dicho: “Os es necesario nacer de nuevo.” (Juan 3:5-7)

Juan 3 es el registro de una entrevista, entre el gran Rabino y Fariseo, Nicodemo, y aquel

quien de entrenamiento, el Rabino itinerante de Nazaret sin instrucción formal, Jesús. Pero es Jesús quien le esta enseñando a Nicodemo, y a través de El también le está enseñando a todo hombre. El tema de la enseñanza es el Nuevo Nacimiento.

Los Judíos tenían un concepto del nuevo nacimiento que era inadecuado y no bíblico. Era meramente un coloquialismo para toda iniciación a nuevas responsabilidades como el matrimonio o el ministerio.

Tal vez un poco más cerca del verdadero sentido que Jesús usa, los Judíos creen que si un desertor de la fe se arrepiente, es nacido de nuevo.

Pero Jesús obviamente esta hablando de algo mucho mas profundo.

Jesús insiste en que todos los hombres, independientemente de la circuncisión, las obras, los logros religiosos, y también independientemente de ser o no ser de la simiente de Abraham, tienen que renacer, tan sólo para poder ver el reino de los cielos, y mucho más también para poder entrar en El. Según Jesús, el nuevo nacimiento es un asunto de salvación final y de finitiva, sin El no hay ninguna entrada en el reino de Dios.

Jesús es en verdad el Señor de la Gloria, pero en los días de Su carne El era un rabino que enseñó la Palabra de Dios. Se guiaba estrictamente por las Escrituras y nunca dijo nada que no fuera una cita directa, o una alusión directa a las Escrituras.

Como hombre, Jesús sostuvo las Escrituras en la más alta estima. Cuando fue tentado por el diablo, El dijo: “Está escrito. . . “, apelando a la Palabra de Dios, y no la aplicación de sus propios pensamientos y sentimientos, poniendo a su propia persona bajo la autoridad de las Escrituras. En su

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humanidad, Jesús no vivió su vida de acuerdo a sus propios pensamientos y sentimientos, vivió por la Palabra de Dios.

Es importante el tener esto en cuenta, ya que hay mucha confusión acerca del versículo 5, “El que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios…”

Muchos creen que Jesús, al hablarle a Nicodemo, se refería a ambos, el bautismo del agua y el bautismo espiritual. El excepcional bautismo Cristiano para la remisión de los pecados no se inauguró hasta después del Calvario, donde Jesús murió por nuestros pecados. Lo mismo pasa al ser Bautizado en el Espíritu. Juan 7: 37-38 nos dice que no era posible que hubiera un Bautismo del Espíritu hasta que Jesús fuera “glori ficado.”

Nicodemo no tenía idea de lo que significaba el ser Bautizado en el Espíritu, de modo que yo dudo que haya sido una referencia a ello.

Otros creen que Jesús estaba contrastando el nacimiento natural con nacimiento el espiritual. Pero entonces, ¿Porqué El necesitaba decirnos que nosotros debemos ser nacidos naturalmente? No tiene sentido que Jesús hubiera necesitado establecer lo obvio.

Creo que Jesús habló en términos en los que Nicodemo, como Rabino Sanedrinista y como un experto en escritura sabría bien, porque Jesús se refería a una escritura especí fica, Ezequiel 36:24-27.

Porque os tomaré de las naciones, os recogeré de todas las tierras y os llevaré a vuestra propia tierra. Entonces os rociaré con agua limpia y quedaréis limpios; de todas vuestras inmundicias y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Además, os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré dentro de vosotros mi espíritu y haré que andéis en mis estatutos, y que cumpláis cuidadosamente mis ordenanzas. (Ezequiel 36:24-27)

Al oír esto, Nicodemo habría sabido al instante que Jesús se refería a la promesa de Dios a Israel hecha en los días de la cautividad de Babilonia, que Dios un día iba a traerlos de vuelta a la tierra en incredulidad, y curaría la nación de una vez por todas de su inclinación por la idolatría.

El SEÑOR efectuaría esto por Israel al “lavarlos con agua”, y al sacar de ellos su “corazón de piedra”, reemplazando ese duro corazón por uno nuevo, sensible nuevamente a Dios, un corazón que seguirá y obedecerá a Dios. Esto ocurriría cuando Dios pusiera Su Espíritu en ellos.

La promesa de Dios a Israel fue que El renovaría la nación a través del agua y del Espíritu, (lavado y regeneración). Para Nicodemo y sus contemporáneos, la promesa en Ezequiel había sido cumplida en los días del retorno del exilio, cientos de años antes.

¿Acaso Israel no había ya repudiado la idolatría? Pero, ¿Qué es la idolatría, sino la alienación de Dios en el corazón y la sustitución de Dios mismo con imágenes hechas por el hombre?

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En los tiempos de Jesús y de Juan Bautista, el Judaísmo se había convertido en una religión de puri ficación intensa. El énfasis de los Rabinos, de los Escribas y de los Fariseos era la separación y la eliminación de la corrupción.

Sin embargo Jesús les había advertido que el propio corazón es la fuente de toda contaminación, y que la impureza no es externa, sino que brota de una naturaleza caída.

No hay nada fuera del hombre que al entrar en El pueda contaminarlo; sino que lo que sale de adentro del hombre es lo que contamina al hombre…Y decía: Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de adentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, avaricias, maldades, engaños, sensualidad, envidia, calumnia, orgullo e insensatez. Todas estas maldades de adentro salen, y contaminan al hombre. (Marcos 7:15, 20-23)

Una detallada lectura del Evangelio de Juan revela que incalculables litros de agua tenían que ser puestos a disposición de los múltiples lavados ceremoniales requeridos, no sólo por la ley de Moisés, sino que también por las tradiciones de los ancianos.

Obviamente la puri ficación por sí sola es insu ficiente. Nuestra necesidad va más allá de la eliminación de la corrupción. ¡Necesitamos una nueva vida! Nada menos que una resurrección, sería su ficiente para cumplir con nuestra más profunda necesidad espiritual. Sólo un acto de Dios mismo nos puede rehacer, sólo Dios puede resucitar a los muertos.

Nosotros necesitamos ser perdonados y limpiados de las cosas que hemos hecho en contra de Dios y del hombre. Pero tan solo el lavarnos no cumple con nuestras necesidades más profundas, porque nuestro problema no es sólo lo que hemos hecho, pero también lo que somos, delante de Dios.

¡Debido a que para Dios todos estamos muertos, todos necesitamos un nuevo nacimiento espiritual! Dios nos ofrece hacernos enteramente de nuevo, para darnos un corazón nuevo. Podemos recibir una renovación moral y espiritual de Dios al aceptar a Jesús.

Pero a todos los que le recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en su nombre, que no nacieron de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios. (Juan 1:12-13)

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Capítulo Cinco

Nacido En Lo Alto

Lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te asombres de que te haya dicho: “Os es necesario nacer de nuevo.” El viento sopla donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu. (Juan 3:6-8)

Al Apóstol Juan le gusta usar en su Evangelio palabras que tienen dos significados, ambos

aplicables al texto. Por ejemplo en Juan 11 cuando Lazaro murió, Jesús le dijo a los discípulos: “Lazaro duerme”. Por supuesto que Lazaro había muerto, pero murió en comunión con Jesús. ¿Entonces cuál es? ¿Muerto o durmiendo? En Cristo morir es dormir. Aunque los creyentes mueran físicamente, la muerte para nosotros es dormir.

De la misma manera, el texto en Juan 3 utiliza la metáfora del viento que sopla, al hablar del movimiento del Espíritu Santo en el acto divino del nuevo nacimiento. La palabra usada para nombrar la energía eólica es la misma palabra que la que utilizada para nombrar al Espíritu.

El Espíritu sopla donde quiere, “El viento sopla donde quiere…” Lo mismo ocurre con la frase “nacido de nuevo” (del idioma Griego Gennáo Anóthen).

La frase signi fica ambos, nacido de nuevo y nacer de arriba. Ambos se aplican a la enseñanza de Jesús. Somos llamados a empezar todo de nuevo por el poder del Espíritu Santo, y a vivir de acuerdo a un principio divino de vida, un regalo llamado Vida Eterna.

El nuevo nacimiento es algo que se nos ha impartido como un regalo de Dios. Es una obra del Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo. La Vida Eterna no puede ser dada por el hombre.

Pero a todos los que le recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en su nombre, que no nacieron de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios. (Juan 1:12-13)

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¡En todos los años que he sido el Pastor de Believers in Grace Fellowship (desde 1982), como iglesia o individualmente, nunca hemos creado un Cristiano! Ni una sola vez en todo nuestro tiempo de existencia hemos podido causar que alguien naciera de nuevo.

El nuevo nacimiento es un acto de Dios! Es la impartición de la vida de Dios a un pecador que ha recibido a Jesucristo, la simiente de Dios. Sólo el Espíritu Santo trae al pecador a ese punto, condenando, esclareciendo e impartiendo a todo aquel que cree en la vida eterna. Esa es una porción de la vida de Jesús.

Jesús dijo: “El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida.” (Juan 6:63)

Es por esto que el Apóstol Pedro nos recuerda que hemos:

…nacido de nuevo, no de una simiente corruptible, sino de una que es incorruptible, es decir, mediante la palabra de Dios que vive y permanece.” (1 Pedro 1:23)

Cuando Jesús comparó la carne y el Espíritu, (Lo que es carne, carne es; y lo que es Espíritu, Espíritu es), El no estaba hablando de la diferencia entre el pecador y el santo. En lugar de ello El utiliza la expresión “carne” para denotar lo que es frágil, finito y terrenal, contrapuesto con lo que es de origen celestial.

Pablo elabora sobre la diferencia entre “lo que es de la carne” frente a “lo que es del Espíritu”, al contrastar los nacidos de Adán (carne) y los nacidos de nuevo, de Cristo (Espíritu).

Todo ser humano ha descendido y recibido por nacimiento, la naturaleza (caída y corrupta) de nuestro padre Adán. Este es el primer nacimiento, que nos hace ineptos e inadecuado para heredar el reino de los cielos.

No importa qué tan canalla, pecador, o elevado y noble sea, un hijo de Adán es un hijo de Adán. El ha caído, pecaminoso, alejado de Dios, con una naturaleza corruptible, y propenso a una merecida condena. El puede ser religioso, pero si no es regenerado, para el único Dios verdadero El sigue muerto. En los ojos de Dios ninguna cantidad de bondad puede revertir eso porque para Dios “no hay ninguno bueno, ni siquiera uno…”

Pero cuando se recibe un segundo nacimiento, cuando se nace en lo alto al recibir el don de Dios a través de la simiente incorruptible del Evangelio, esa persona se convierte en partícipe de la naturaleza de Dios. El se convierte en alguien vivo para Dios, ahora en condición de vivir en comunión con su Creador. Se dice que es “Nacido de Dios”.

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Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios; y todo aquel que ama al Padre, ama al que ha nacido de El. (1 Juan 5:1)

El sale de la familia Adán, escapando de la sentencia. En la cruz, Jesús cumplió su sentencia, y se hizo responsable por los pecados de todos los que crean en El. Así como Pablo dice:

Porque ya que la muerte entró por un hombre, también por un hombre vino la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivi ficados. (1 Corintios 15:21- 22)

¿Cómo se puede salir de una familia? ¿Cómo podemos salir de la familia de Adan si hemos nacido en ella? Tenemos que morir. ¡Esa es la única manera de salir de una familia!

Debido al Evangelio, nosotros creemos que ya hemos muerto, pero cuando reconocemos nuestra pecaminosidad y renunciamos a nuestra justicia propia, ¡al invocar al cruci ficado y resucitado Señor Jesús! Nuestro bautismo es nuestro funeral, y al ser levantados fuera del agua, ¡Cristo nos resucita de entre los muertos a una nueva vida celestial! ¡Nacemos de nuevo en la esperanza viva de la resurrección de entre los muertos!

Normalmente no me gusta la teología de los calcos que se pegan en los automóviles, pero una vez vi uno que realmente lo decía correctamente: “Si tú solo naciste una vez, vas a morir dos veces, pero si tu has nacido dos veces, solo morirás una vez”.

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Capítulo Seis

¿Cómo pueden ser estas cosas? (Incredulidad)

Respondió Nicodemo y le dijo: ¿Cómo puede ser esto? Jesús respondió y le dijo: Tú eres maestro de Israel, ¿y no entiendes estas cosas? En verdad, en verdad te digo que hablamos lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no recibís nuestro testimonio. Si os he hablado de las cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os hablo de las celestiales? (Juan 3:9-12)

El tercer capítulo de Juan nos introduce a una conversación entre Jesús y uno de los grandes

rabinos de Israel, el Fariseo y Sanedrinista Nicodemo. El tema es el Reino de Dios y la entrada al mismo. La enseñanza de Jesús es que es necesario un nuevo nacimiento para entrar en el reino, incluso para tan solo poder verlo.

Hasta ahora Jesús ha enseñado que el nuevo nacimiento es una revelación de Dios, la habilidad de ver el Reino de Dios y de entrar en El. Es una obra del Espíritu soberano de Dios. (El viento sopla donde quiere).

El nuevo nacimiento es nada más y nada menos que la renovación que fue prometida en el libro de Ezequiel a los cautivos que regresaban a Israel cuando Dios dijo: “Os rociaré con agua limpia y quedaréis limpios” y “Quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne.” También Dios les dijo; “Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu”.

Nicodemo conocía muy bien a Ezequiel, los profetas y la ley de Dios al haber dedicado toda su vida a aprender y enseñar. Pero en este punto de la discusión El plantea una objeción: “¿Cómo puede ser esto?”

Es interesante observar la manera en que Jesús manejó esta objeción. ¡Universalmente el mundo se opone a la convocatoria y a la promesa de un nuevo nacimiento de Dios!

La objeción de Nicodemo implica cierta ignorancia, pero Jesús no permitirá tal ignorancia proveniente del Maestro de Israel, del Rabino supremo. Esta fue la respuesta de Jesús, vagamente parafraseada:

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¿Me estás diciendo que no sabes estas cosas?… ¿Tú? ¿El experto en la ley de Dios vas a alegar ignorancia de esta promesa básica y de la necesidad que implica?

¿Que es lo que Nicodemo pretende no saber?

La promesa de un corazón nuevo para Israel y la idea de que era necesario. Las implicaciones de esta promesa en Ezequiel, anticipada mucho antes por Moisés y los otros profetas, que Dios iba a circuncidar a los corazones de Israel y escribir Su ley en ellos, presupone que el corazón de Israel no estaba bien con Dios. También presupone la verdad que no todo Israel es verdaderamente Israel, y por último, que la circuncisión debe ser del corazón.

De estas promesas también se deduce la absoluta insu ficiencia de la ley para preparar a la nación para el reino, es decir para el gobierno de Dios. Nicodemo habría estado muy familiarizado con escrituras tales como:

Además, el Señor tu Dios circuncidará tu corazón y el corazón de tus descendientes, para que ames al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas. (Deuteronomio 30:6)

Entonces os rociaré con agua limpia y quedaréis limpios; de todas vuestras inmundicias y de todos vuestros ídolos os limpiaré. ‘Además, os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. ‘Pondré dentro de vosotros mi espíritu y haré que andéis en mis estatutos, y que cumpláis cuidadosamente mis ordenanzas. (Ezequiel 36:25-27)

He aquí, vienen días —declara el Señor— en que haré con la casa de Israel y con la casa de Judá un nuevo pacto, no como el pacto que hice con sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto, mi pacto que ellos rompieron, aunque fui un esposo para ellos —declara el Señor; porque este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días —declara el Señor—. Pondré mi ley dentro de ellos, y sobre sus corazones la escribiré; y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. (Jeremías 31:31-33)

Sería humillante para cualquier Israelita el aceptar estas promesas y todas sus implicaciones: La dureza del corazón de Israel, su muerte hacia Dios, su insuficiente adhesión formal a la ley de Dios y su falta de amor. Reconocer estas promesas nos llevaría inevitablemente a aceptar el nuevo nacimiento.

¿Por qué Nicodemo, el maestro de Israel, y el típico representante de todos los sabios de Israel,

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no ve lo que Jesús está diciendo? No sólo debido a la ignorancia, sino que también a una obstinada ceguera voluntaria. Jesús pone el dedo en la llaga con Su respuesta a Nicodemo.

Hablamos lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no recibís nuestro testimonio. Si os he hablado de las cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os hablo de las celestiales?

Nicodemo pareciera no poder recibir el testimonio de la palabra de Dios, que dice que el reino de Israel no se concretará hasta que Dios no le de a Israel un nuevo corazón, (las cosas terrenales).

Pero Israel es un microcosmos de toda la humanidad. ¿Cómo sería entonces Nicodemo capaz de aceptar la revelación más amplia, que todos los hombres en todas partes, Judíos y/o Gentiles, deben nacer de nuevo por medio del Espíritu Santo para entrar en el reino celestial?

Lo mismo sucede con el hombre. En lugar de haber una cuestión de falta de conocimiento, particularmente en el caso de los sabios y entendidos, el verdadero problema del hombre es la incredulidad. ¡La ignorancia voluntaria! La negativa a aceptar las implicaciones del Evangelio de Jesús que habla de una nueva vida, prohíbe a millones de personas el camino al cielo.

El mismo In fierno se hace eco de las interminables racionalizaciones de la incredulidad: “Si yo creyera eso admitiría que estaba totalmente equivocado.” “¡Si yo aceptara eso, debería admitir que era un pecador!” “Demasiada gente me ve como una ‘persona con una buena moral’ como para tener que volver a ser como un niño y empezar todo de nuevo.” Una vez le dije a un hombre que tenía que nacer de nuevo, y su respuesta fue: “¿Por qué habría de hacerlo cuando hice todo bien la primera vez?” La diferencia entre la incredulidad y la ignorancia es la diferencia entre no saber, y negarse a saber. La ignorancia puede ser curada, pero la incredulidad requiere arrepentimiento porque se trata de un grave problema moral, un pecado contra Dios.

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