Attention Spanish Speakers; Nacido en Lo Alto 10-12

Capítulo Diez
La Naturaleza del Amor de Dios por el Mundo

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en El, no se pierda, mas tenga vida eterna. (Juan 3:16)

Debido a la influencia del modernismo y la psicología en el entendimiento bíblico de muchos, incluso en el evangelicalismo, el concepto del amor de Dios ha sido completamente distorsionado. La gente incorpora en textos como Juan 3:16, su propia comprensión humanista acerca del amor.
Por ejemplo muchos pastores modernos y maestros dicen algo así como que la cruz nos muestra la medida de nuestro valor. Como un popular maestro Cristiano lo planteó:
“Si Dios puede amarnos y aceptarnos tan espontáneamente, es porque debe haber algo verdaderamente maravilloso acerca nuestro.”

Otro apologista en varios aspectos muy efectivo, nos asegura que: “Para Dios tú eres ‘digno de Jesús’, ya que ese es el precio que El pagó por ti.” (Josh McDowell, “Building Your Self-Esteem” -Wheaton: Tyndale, 1986, pp. 42-43) Todos hemos oído puntos de vista como este o variaciones del mismo, así como el siguiente proveniente de otro autor evangélico popular que postula lo siguiente:
“Por supuesto la mayor demostración del valor de una persona para Dios fue dada cuando El dio a su Hijo.” (William Kirwin, “Biblical Concepts for Christian Counseling” -Grand Rapids: Baker, 1984, p. 107)

Creo que perspectivas como éstas son engañosas. A pesar de que estas declaraciones contienen una verdad parcial, el énfasis está desviado, lo cual lleva a la gente a una comprensión distorsionada acerca del amor de Dios. Como apropiadamente dijo Martin Luther:
“Dios no nos ama porque somos valiosos, somos valiosos porque Dios eligió amarnos.”

¿Que es lo que Jesús quiso decir cuando proclamó que de tal manera amó Dios al mundo?
Para poder entender esto primero debemos captar el significado bíblico de la palabra “amor”. En el idioma Griego del Nuevo Testamento hay mas de una palabra utilizada para referirse al “amor.”
La palabra en el idioma Griego “eros”, del cual obtenemos la palabra “erotismo”, significa el amor relacionado con el deseo. El muchacho le dice a la muchacha “te amo”, pero a menudo lo que el quiere decir es “te deseo…” (para mi).
Hay un “eros” que es valido dentro de los límites del santo matrimonio, pero vivimos en una sociedad de erotismo desmedido, promiscuo y profano.
Hay otra palabra en Griego que se traduce como “amor” y es la palabra “phileo” que significa, el “amor de un hermano”, o el “amor de un amigo”. El nombre de la ciudad Philadelphia quiere decir “ciudad del amor de hermanos”. Un “Francófilo” es alguien que ama aquello que es Francés.
Otra palabra griega que significa amor es “storge”, que se refiere al afecto, pero puede variar en el aspecto del compromiso. “Storge” puede y debe ser parte de lo que los padres sienten hacia sus hijos. “Storge” también se refiere en diversos grados, a los diferentes niveles de afecto natural por aquellos quienes Dios ha puesto en nuestras vidas.
Pero “storge” también puede significar algo así como lo que quiere decir la palabra moderna “ternura”, la sensación que se obtiene cuando alguien ve a un bonito bebé, o un niño. Dios no “Storge al mundo” en Juan 3:16.
El Dios de Juan 3:16 no amó al mundo basado en algo dentro nuestro que era deseable para El, o porque había algo en nosotros que El vio que era bueno, noble o incluso agradable. Ciertamente, su amor por nosotros no debe interpretarse como una medida de nuestra dignidad.
Dios tampoco amó al mundo de acuerdo a una afección sentimental.
La palabra que Jesús usó en Juan 3:16 es “ágape”. Agape se refiere al amor voluntario.
A pesar de la animosidad y rebelión del hombre contra Dios, El vio nuestra necesidad y quiso nuestro bien. El ágape lo movió a hacer lo que era necesario para salvarnos de la ira que merecíamos. Se podría decir que El puso su amor en nosotros, mientras nosotros aún seguíamos siendo pecadores.
El hecho que Dios “Ame al Mundo” que lo ha rechazado y despreciado, y cuando tuvo la oportunidad lo crucificó, ¡es la mejor historia jamás contada! ¡Es incomprensible!
Pero muchos hoy en día son como aquel ateo Francés, a quién en su lecho de muerte se le preguntó, “Qué pasaría si estuvieras equivocado?”
Su respuesta indiferente fue, “Dios me perdonaría. Ese es su trabajo…¿no?”
Sorprendentemente, Dios amó tanto al mundo, que El encontró una manera justa para satisfacer las demandas de su justicia Santa contra nosotros, mientras que al mismo tiempo mostró su infinita misericordia para con nosotros. ¿La respuesta al dilema? La cruz de Jesús.

Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en El. (2 Corintios 5:21)
Capítulo Once
El Amor de Dios es un Misterio Impresionante

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en El, no se pierda, mas tenga vida eterna. (Juan 3:16)

Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó… (Efesios 2:4)

Juan 3 es el registro de una entrevista que Jesús concedió al Rabino líder, Senador (Sanedrinista) y Fariseo, Nicodemo. ¿El tema? El nuevo nacimiento.
Jesús le dijo a Nicodemo que el nuevo nacimiento era más que, como creían los Judíos, la aceptación de una nueva serie de responsabilidades como el matrimonio o el ministerio. El nuevo nacimiento es un acto de Dios, el Espíritu Santo. Fue y es el cumplimiento de la promesa dada a través del profeta Ezequiel, que Dios otorgaría a Israel un “lavado en agua” y les daría un nuevo “tierno corazón de carne” para que pudieran mantener sus mandamientos.
Ningún ser humano jamás podría llegar a ser lo suficientemente bueno para alcanzar este nuevo nacimiento, es un regalo de Dios, dado a nosotros a través del descenso del “Hijo del Hombre, que está en el cielo”, y quien ha llegado a la tierra.
El don del nuevo nacimiento vendría como resultado de un evento similar al de la “serpiente de bronce” de Moisés erigida en el desierto. Del mismo modo es necesario que el “hijo del hombre sea erigido”, para que los que crean en El puedan recibir el regalo de la vida eterna. El Hijo soportaría en el árbol la sentencia que nosotros merecemos, para que podamos vivir.
Hemos discutido previamente lo que la frase “Porque de tal manera amó al mundo” no quiere decir. Tuvimos que hacerlo debido a décadas de enseñanzas humanísticas, debido a la influencia de la psicología y a la creciente sentimentalización del cristianismo, que han dado lugar a graves concepciones erróneas acerca del amor de Dios.
Dios no amó al mundo porque vio algo en él que era deseable. Y la cruz tampoco la es la medida de nuestro valor, como tantos afirman en esta era psicologizada. No había absolutamente nada en nosotros que haya obligado a Dios a amar el mundo; nada en nosotros hubiera podido persuadir a Dios que amara al mundo.
La palabra usada en Juan 3:16 en el idioma original para denominar al amor es “ágape”, significando que Dios eligió amarnos, El lo quiso así, y puso su amor en nosotros debido a su idiosincrasia, no a la nuestra.
Dios vio nuestra situación, optó por querer nuestro bien e hizo lo que había que hacer para salvarnos. Hay muchas facetas en este proceso de amor tan grande y tan Divino. De hecho tomaría una eternidad tan solo para empezar a sondear las profundidades del amor que Jesús menciona en Juan 3:16.
Por ahora, será suficiente que veamos solamente algunas de estas facetas. ¿Qué fue lo que persuadió a Dios para ofrecer a su Hijo por nuestra salvación?

MISERICORDIA – El Dios revelado por Jesús en Juan 3 es un Dios de misericordia y verdad. El no desea que nadie perezca, como dice el apóstol Pedro, sino que todos se arrepientan y puedan recibir el don de Dios que es la vida eterna.
Su verdadera naturaleza es perdonar, como el Salmista lo indicó—

Compasivo y clemente es el Señor, lento para la ira y grande en misericordia. No contenderá con nosotros para siempre, ni para siempre guardará su enojo. No nos ha tratado según nuestros pecados, ni nos ha pagado conforme a nuestras iniquidades. Porque como están de altos los cielos sobre la tierra, así es de grande su misericordia para los que le temen. (Salmos 103:8-11)

La misericordia de Dios hace que El quiera aliviar los sufrimientos, incluso aquellos afligidos justamente. El vio nuestro pecado y todas sus implicaciones, toda la miseria, la vergüenza, el dolor, la confusión y la muerte que la añadidura del pecado humano traería consigo, entonces El hizo algo para proveer alivio y salvación.

AMOR SANTO – El amor de Dios es un Amor Santo. El tenía que aliviar nuestros sufrimientos de una manera santa y justa. No podía barrer nuestro pecado debajo de la alfombra; El tenía que hacerlo de una manera consistente con su propia naturaleza. ¿Su respuesta? La sustitución.
Debido a que Dios es santo, el pecado debe ser respondido. Cumplir con el jurídico requerimiento de que el pecador deba morir y que la ira sea satisfecha en respuesta a toda transgresión, a toda iniquidad y pecado. Jesús es la ofrenda que Dios hizo a Sí mismo, para nosotros.

AMOR COMPASIVO – El amor de Dios lo obligó a salvarnos entrando de lleno en nuestra humanidad. Dios mismo sentiría lo que sentimos, experimentaría plenamente todo lo que significa ser humano, (excepto el pecado).

Dios estaba en Jesucristo, viniendo hacia nosotros, probando la muerte en todas sus formas; el odio y el rechazo, el hambre, la sed, la limitación, la traición, el amor no correspondido, la humillación e incluso la vergüenza. El profeta Isaías dijo de El:

Creció delante de El como renuevo tierno, como raíz de tierra seca; no tiene aspecto hermoso ni majestad para que le miremos, ni apariencia para que le deseemos. Fue despreciado y desechado de los hombres, varón de dolores y experimentado en aflicción; y como uno de quien los hombres esconden el rostro, fue despreciado, y no le estimamos. Ciertamente El llevó nuestras enfermedades, y cargó con nuestros dolores; con todo, nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y afligido. Mas El fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades. El castigo, por nuestra paz, cayó sobre El, y por sus heridas hemos sido sanados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, nos apartamos cada cual por su camino; pero el Señor hizo que cayera sobre El la iniquidad de todos nosotros. (Isaías 53:2-6)

No es de extrañar que Charles Wesley nos haya enseñado a maravillarnos en el siguiente canto de adoración:

¿Cómo puede ser que yo gane
un interés en la sangre del Salvador?
El murió por mí, quién causó su dolor.
Fue por mí, por quién El persiguió la muerte?
¡Asombroso amor! ¿Cómo puede ser,
que tú, mi Dios, murieras por mí?
¡Asombroso amor! ¿Cómo puede ser,
que tú, mi Dios, murieras por mí?

Capítulo Doce
El Hijo Unigénito

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en El, no se pierda, mas tenga vida eterna. (Juan 3:16)

El don de Dios, que es la vida eterna o “nacer en lo alto”, ha sido posible gracias a que el justo y santo Dios hizo un camino justo para redimirnos a nosotros, los pecadores. Ese camino implicó el ofrecer a su “Hijo unigénito” como nuestra propiciación (expiación).
¿Qué significa el misterioso término “Hijo unigénito”? Es así como Jesús se describe a sí mismo en Juan 3:16. Aquí comenzamos a profundizar en los misterios de la Trinidad, por lo cual debemos avanzar con reverencia y primeramente asumir que nunca podremos entender completamente a Jesús. Es solamente con humildad que podemos recibir, en la medida en que somos capaces, la auto-revelación de Dios.
El mismo Jesús lo dijo cuando proclamó:

…Nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni nadie conoce al Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. (Mateo 11:27)

Sólo Dios el Padre puede entender completamente a Jesús y sólo Jesús puede entender completamente al Padre. Para nosotros existe sólo una revelación parcial (pero suficiente) del Padre y del Hijo.
Tal vez deberíamos comenzar diciendo lo que Jesús no dice cuando se refiere a sí mismo como “el Hijo unigénito” del Padre.

El no está diciendo que alguna vez hubo un tiempo en el cual El no existía. Jesús no se originó en Belén. El vino al mundo, pero Jesús es desde toda la eternidad, tal como lo anunció Miqueas,

Pero tú, Belén Efrata, aunque eres pequeña entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que ha de ser gobernante en Israel. Y sus orígenes son desde tiempos antiguos, desde los días de la eternidad. (Miqueas 5:2)

Isaías se hace eco en un pasaje familiar.

Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado, y la soberanía reposará sobre sus hombros; y se llamará su nombre Admirable Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz. (Isaías 9:6)

Esto no hace referencia a la madre humana de Jesús. El Apóstol Juan dice de El, “Nadie ha visto jamás a Dios; el unigénito Dios, que está en el seno del Padre, El le ha dado a conocer.” (Juan 1:18)
El “Hijo unigénito” es un término eterno, se refiere al “que está en el Seno del Padre”, pero que vino a revelarnos a Dios. El Hijo de Dios es eterno, existiendo mucho antes de que hubiera habido una natividad en Belén, El existió así como este Proverbio lo afirma.

¿Quién subió al cielo y descendió? ¿Quién recogió los vientos en sus puños? ¿Quién envolvió las aguas en su manto? ¿Quién estableció todos los confines de la tierra? ¿Cuál es su nombre o el nombre de su hijo? Ciertamente tú lo sabes. (Proverbios 30:4)

Definitivamente no estamos diciendo que Jesús fue creado. El Hijo de Dios es el creador de todas las cosas, así como el sustentador. Se lo llama en Colosenses 1 “el primogénito de la creación”, lo cual es una referencia al hecho de que la nueva creación empezó con la resurrección de Jesús. También es una referencia a la preeminencia de Jesús en la creación. “¿El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda criatura?”

El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en El fueron creadas todas las cosas, tanto en los cielos como en la tierra, visibles e invisibles; ya sean tronos o dominios o poderes o autoridades; todo ha sido creado por medio de El y para El. Y El es antes de todas las cosas, y en El todas las cosas permanecen. El es también la cabeza del cuerpo que es la iglesia; y El es el principio, el primogénito de entre los muertos, a fin de que El tenga en todo la primacía. (Colosenses 1:15-18)

La frase “Hijo unigénito” es la traducción de una palabra del texto Griego, “Monogénes”. Jesús es el singular y único Hijo de Dios.
Tú y yo, a través del nuevo nacimiento hemos sido aceptados en la comunión familiar de Dios. Llegamos a ser “hijos de Dios” por adopción e impartición de la vida eterna.
La humanidad deriva su concepto de la paternidad y filiación del eterno Padre y eterno Hijo dentro de la Trinidad. No importa qué tan deformado y tergiversado este concepto pueda estar en este mundo de pecado, la verdadera devoción filial y amor paternal provienen de la Trinidad.
Sólo Jesús es el “monogénes”, el único y singular Hijo del Padre. El es el Hijo eterno de Dios, quién desde siempre ha estado en comunión con el Padre y el Espíritu. Por lo tanto, Jesús es verdaderamente único. No hay otra persona como El y nunca podrá haberla.
Desde la eternidad El Hijo de Dios existió en amor, comunión y subordinación al Padre. El fue enviado por el Padre a esta tierra, para convertirse en un hombre, y que así pudiera entrar en nuestro ambiente para sufrir y morir por nosotros como un sustituto.
Es pasmoso, que debido a los pecadores, a los rebeldes, a la arruinada, deformada y perversa raza de los hombres, Dios enviaría ¿a quién?… ¡A su único Hijo! Eso es lo que hizo falta para poder rescatarnos y llevar a cabo un “nuevo nacimiento” para los hombres caídos.
¡He aquí el amor de Jesús por el Padre!

Por eso Jesús dijo: Cuando levantéis al Hijo del Hombre, entonces sabréis que yo soy y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo estas cosas como el Padre me enseñó. Y El que me envió está conmigo; no me ha dejado solo, porque yo siempre hago lo que le agrada. (Juan 8:28-29)

He aquí también, el amor del Padre por el Hijo. “Este es mi Hijo amado en quien me he complacido…”
El hecho que el eterno Padre haya enviado al Hijo bendito y eterno desde el cielo para salvarnos de nuestros pecados… y que el Hijo, siempre obediente, se haya subordinado al punto de la muerte y la vergüenza por nosotros para cumplir con la voluntad de su Padre… ¡Tales misterios son incomprensibles!

Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió al Hijo para ser el Salvador del mundo. Todo aquel que confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios. Y nosotros hemos llegado a conocer y hemos creído el amor que Dios tiene para nosotros. Dios es amor, y el que permanece en amor permanece en Dios y Dios permanece en él. (1 Juan 4:14-16)

Amor asombroso, ¿Cómo puede ser? He aquí el amor del Padre y del Hijo por un mundo perdido, rebelde, desagradecido y desviado!

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito… (Juan 3:16)

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